Innovación para una nueva ruralidad

La nueva ruralidad como concepto ha ganado presencia con la pandemia de la COVID-19, y lo hizo particularmente durante el confinamiento de los primeros meses. Quienes en esos momentos contaban con una casa en el campo expresaban su satisfacción porque -decían- ese confinamiento era más llevadero.

Y ciertamente, desde una visión bucólica del medio rural, los rigores asociados a estos tiempos tan complejos no lo son tanto cuando se tiene la suerte de disfrutar del medio natural en el día a día. De hecho, muchas personas convirtieron en vivienda habitual la de fin de semana. Hasta aquí todo bien, pero no es oro todo lo que reluce.

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Si profundizamos un poco, comprobaremos que la nueva ruralidad es otra cosa, que tiene que ver más con las reivindicaciones de las personas que habitan en el medio rural y con las reflexiones de quienes no concebimos hablar de sostenibilidad sin poner el acento en el papel clave que las actividades del campo juegan en un modelo de desarrollo más sostenible.

La nueva ruralidad es una respuesta a la España Vaciada, pero también a zonas donde, como Canarias, el reto no es tanto demográfico -que también lo es en algunos casos- como de dinamismo económico. Y es que, si en el interior peninsular es lógico que se produzca el éxodo del campo por la falta de oportunidades, el medio rural de Canarias, no tan alejado del urbano como en la España peninsular, está condenado a convertirse en territorio para primeras o segundas residencias, en detrimento de la actividad profesional y empresarial.

El problema no es nuevo, ni mucho menos. Tengamos en cuenta que una parte importante de la agricultura que se desarrolla en Canarias es agricultura de subsistencia, no profesional, y que, con excepción de algunos subsectores como el platanero, el asociacionismo -primordialmente de tipo cooperativista- no goza de buena salud. Todo ello a pesar del esfuerzo que desde distintas administraciones públicas se ha realizado para la profesionalización del sector agrario y para, lo que no es menos importante, la incorporación de los jóvenes y la puesta en valor del papel de las mujeres en las explotaciones. No podemos ignorar avances en este sentido gracias al compromiso de muchas personas cuyo espíritu emprendedor es digno de elogio.

Sin extendernos en exceso, podemos encontrar en el boom del turismo y la construcción buena parte de las razones para que, en un momento en el que el campo ofrecía pocas oportunidades, jóvenes y no tan jóvenes decidieran probar suerte en las zonas turísticas. No es casual que hablemos del monocultivo del turismo para referirnos a un modelo concreto de desarrollo que tiene mucho que ver, al menos etimológicamente, con la agricultura. La realidad provocada por la atracción de población a los entornos turísticos y a las áreas metropolitanas ha desembocado en un medio rural como medio de esparcimiento y no de vida, lo que ha generado un desequilibrio del territorio que ha perjudicado a la población rural.

En unos tiempos en los que se abusa de las etiquetas para calificarlo todo, podemos tener la tentación de pensar que la nueva ruralidad es eso, nueva, pero no lo es. La nueva ruralidad es una vieja aspiración de muchas personas, que exigen -y con razón- dignas condiciones de vida para los hombres y mujeres que se empeñan en la conservación de la tradición y los oficios rurales, en que el suelo cultivado no continúe su espiral de progresivo abandono, en el compromiso con el producto local.

La nueva ruralidad es, por consiguiente, una llamada a la reflexión del conjunto de la sociedad. Porque no basta con el compromiso de la gente del campo, tampoco con las políticas e inversiones públicas en desarrollo rural. La nueva ruralidad será una realidad si todos y todas nos concienciamos de que, como ocurre con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, de poco sirven las agendas promovidas desde los distintos niveles de la administración si la ciudadanía no se compromete, con decisiones a priori tan sencillas de entender y ejecutar como consumir productos locales.

¿Qué falta en esta ecuación? La respuesta es fácil. El medio rural y las actividades que en él se desarrollan no pueden vivir al margen de la innovación, elemento fundamental de un mundo en continuo cambio.

Porque ha sido el uso adecuado de la innovación lo que ha hecho progresar a las sociedades a lo largo de la historia. Porque el medio rural puede y debe ser un territorio de oportunidades. Porque el campo y la ciudad se necesitan mutuamente y deben convivir de una manera diferente a la actual. Porque existen suficientes ejemplos de cómo la innovación ha mejorado la gestión de las explotaciones agrarias y ha generado riqueza y empleo. Por todo ello la innovación rural es hoy un desafío ineludible.

Tenemos que superar la brecha existente entre los estándares de calidad de vida del campo y la ciudad. Sólo así el medio rural será un lugar atractivo para vivir. Y es ahí donde la innovación, en el sentido más amplio del concepto, puede ayudar, y mucho. Además de la incorporación de la tecnología (mejora de productos y procesos, acceso a las TIC, etc.) para hacer de la agricultura y la ganadería actividades más competitivas, no podemos obviar el enorme poder de la innovación social, la que otorgará poder a los habitantes del medio rural para que, conscientes de su papel en la sociedad, contribuyan adecuadamente a la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Porque no nos engañemos, sin medio rural no hay sostenibilidad.

Existen afortunadamente casos de éxito de innovación rural en Canarias, pero aún no son suficientes. Quiero mencionar en estas líneas algunos de ellos, confiando en que puedan resultar inspiradores.

La empresa CULTESA (Cultivos y Tecnología Agraria de Tenerife, S.A.), destacable ejemplo de la colaboración público-privada, viene demostrando desde 1986 cómo las técnicas de multiplicación de tejidos vegetales in vitro y otras soluciones biotecnológicas pueden servir de apoyo a las estrategias productivas y comerciales de los agricultores canarios, contribuyendo con ello a la mejora de las rentas del sector agrario. Se trata de una empresa canaria donde la I+D+i juega un papel capital.

La innovación rural no sólo la protagonizan empresas con estructura y medios. También personas anónimas, muchas de ellas jóvenes, de marcado espíritu emprendedor, han puesto sus conocimientos y entusiasmo en pequeños proyectos que, a pesar de su tamaño, se han convertido en referentes indiscutibles. Podría enunciar, por ejemplo, a cualquier bodega o quesería de Canarias, reconocidas internacionalmente muchas de ellas, pero la lista sería interminable, así que optaré por referirme a proyectos de diferente naturaleza, como Ecoalpispa (ecoenvolotorios flexibles y reutilizables elaborados con algodón 100% ecológico y cera de abejas, la mejor alternativa al plástico), Aires del Apartadero (producción ecológica de frambuesas y moras) o Platé (elaboración de productos con Plátano de Canarias, como bebidas, vinagres y dulces). Todos ellos y muchos más demuestran que la imaginación no tiene límites.

En plena pandemia surgió en Canarias el proyecto Pueblos Remotos, fruto de la visión y el esfuerzo de dos emprendedores canarios con una dilatada experiencia, a pesar de su juventud, en la gestión de proyectos relacionados con el teletrabajo. Las dos experiencias desarrolladas hasta la fecha, en Icod (Tenerife) y Antigua (Fuerteventura) invitan a pensar en el atractivo del medio rural para la deslocalización de empresas y profesionales. El reto, obviamente, reside en que teletrabajadores y nómadas digitales ayuden a dinamizar el medio rural y añadan valor a la cultura y las tradiciones del entorno en el que desarrollan su actividad.

Y no quiero olvidar, para terminar, un proyecto que, aunque no tiene su origen en Canarias, sí cuenta en su comunidad con representantes canarios. Rural Citizen 2030, con su ruta de la innovación social, nos invita a los profesionales de la innovación rural a convivir y compartir experiencias que sean ejemplo de una relación diferente de las personas con el medio rural, siempre desde un espíritu positivo, creativo y constructivo, para así animar y motivar a todas aquellas personas que tengan una idea de vida rural a realizarla, ayudándolas cuando no encuentran el cómo.

El compromiso con unas islas más sostenibles, donde la economía esté al servicio de las personas y del planeta, debe ser un compromiso de todos y todas. Administraciones públicas, empresas y ciudadanía estamos llamados a jugar un papel relevante en este nuevo paradigma. En este contexto, el medio rural debe recuperar el protagonismo perdido como parte de nuestra economía; necesita para ello ganar dinamismo socio-económico a través de la valorización de la actividad agraria y de la diversificación del tejido productivo.

No olvidemos tampoco la urgencia de reducir nuestra dependencia alimentaria del exterior. Se trata de retos inaplazables, el tiempo es ahora.

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Sobre el Autor

José Joaquín Bethencourt

José Joaquín Bethencourt

Licenciado en Farmacia por la Universidad de La Laguna y Máster en Dirección General de Empresas. Inicia su actividad profesional con 22 años como Concejal del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Posteriormente se incorpora a Mercatenerife, y después a Compañía Cervecera de Canarias, donde desarrolla una carrera de diez años en gestión de recursos humanos.

Tras ello vuelve al sector público, donde ejerce como Consejero del Cabildo Insular de Tenerife (2003-2015) y Consejero Delegado de Sodecan -Sociedad para el Desarrollo Económico de Canarias- (2015-2019). En la actualidad es consultor independiente en talento e innovación.

Su perfil profesional es el resultado de combinar una amplia experiencia en los sectores público y privado, con responsabilidades directivas y ejecutivas, formación técnica y empresarial reconocida, demostrables habilidades asociadas a la gestión, la comunicación y las relaciones interpersonales y un alto conocimiento del entorno.

Colabora dentro de la temática de Dirección y Emprendeduría.

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